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Nació en octubre de 1578 (Alemania), en el seno de una familia católica. Fue el quinto hijo del matrimonio compuesto por el alcalde de Sigmarigen, don Juan Roy y doña Genoveva Rosemberger. El día de su bautismo recibió el nombre de Marcos.
Marcos Roy se distinguió en su juventud por su buen comportamiento y su asistencia diaria a la Santa Misa gozando además, de un don sobresaliente de aprendizaje destacándose, entre otras cualidades, su habilidad en la lengua latina, lo que le favorecería enormemente en sus estudios superiores.
El joven Marcos, cursó sus estudios superiores en la Universidad de Friburgo de Breisgau, siendo promovido en 1601 al doctorado en filosofía. Acto seguido, inició junto a un grupo de jóvenes un viaje instructivo por Europa “para recoger experiencias, conocer el mundo, aprender idiomas, conocer costumbres de otros países y absorber así felizmente sus estudios”.
De regreso a su patria, se doctoró en ambos derechos (canónico y civil) con mención Summa cum laude, el 7 de mayo de 1611. Luego de aquel éxito académico, abrió su oficina de abogado en la pequeña ciudad de Ensisheim donde además, fue nombrado consejero de la corte de justicia. Muy pronto, el renombrado Dr Roy, abocó sus esfuerzos en abogar por los pobres y necesitados, soportando odiosos ataques de sus colegas de oficio quienes, buscaban la manera de demostrarle todo el dinero que perdía al no favorecer a quienes tenían las arcas más abultadas. Estos hechos le llevaron a comprender los peligros que conllevaba, para su alma, el continuar con su carrera de abogado.
En 1612, a los casi 35 años de edad el Dr Roy, siguiendo el ejemplo de su hermano menor, pidió ser admitido en la orden capuchina. Por sus conocimientos previos en derecho canónico y teología, fue ordenado sacerdote por el obispo auxiliar Mons. Juan Mürgel, celebrando su primera misa el 4 de octubre de 1612; culminada la cual, solicitó de rodillas el hábito religioso, siendo incorporado a la orden con el nombre de Fidel de Sigmaringa, que en latín significa “se fiel”.
Como novicio, el padre Fidel, se dedicó a la búsqueda solemne de la santidad recordándoles, a sus co-hermanos, la virtud y la constancia; mostrándoles el camino a través de su propio ejemplo sobre todo en aquellos servicios que requerían mayor humildad. Todo ello no significó que existieran dudas en su espíritu sobre si continuar en la orden o retirarse y continuar abogando por los más pobres y necesitados.
El 4 de octubre de 1613, realizó su profesión de votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia, iniciando así un camino como gran predicador, principalmente en los poblados suizos, donde la lucha del catolicismo y el protestantismo era férrea. Más de alguna vez se le recomendó no predicar en relación a temas sensibles ni castigar los vicios del pueblo. Sin embargo, el no quería ni podía torcer sus palabras según el viento que soplara; lo que no significara que no acogiera a un corazón arrepentido. Sus palabras eran comprendidas y gozadas por todas las personas cercanas a Dios.
Luego de algunos años, el padre Fidel se desempeñó como guardián de tres conventos: en 1618 en Rheinfelden, luego en Friburgo y en 1621 en Feldkirch, ubicado en la Recia Superior.
El 23 de abril del año 1622, celebraba la Santa Misa en Grish. Al término de aquella se le acercaron un grupo de Sevis rogándole que acudiera al día siguiente a celebrar la misa con ellos.
El padre Fidel acudió a la cita el día 24 luego de haber celebrado la misa nuevamente en Grish. Allí encontró un templo repleto. Al subir al púlpito a predicar encontró un trozo de papel que rezaba “hoy podrás predicar todavía, mañana ya no”. Él comenzó su prédica con las palabras de San Pablo “Uno es el señor, una la fe, uno el bautismo, uno el Dios y Padre de todos. Apenas terminó estas palabras se levantó un fuerte ruido y griterío, oyéndose unos disparos en la puerta de la iglesia. Uno gritó con fuerza hacia el púlpito “termina, termina” y un balazo fue a dar cerca del padre. El padre Fidel bajó de éste, y se arrodillo frente al altar a orar, para luego dirigirse a la sacristía y abandonar por ella la iglesia.
Un capitán austriaco quiso escoltarlo, pero fue detenido y encarcelado por la turba furiosa. Minutos más tarde rodearon al padre capuchino armados de garrotas y espadas, exigiéndole que abjurara de su fe para abrazar la de ellos. Con toda serenidad el padre Fidel les contestó que él había venido para predicar la fe verdadera y no para abrazar el error. En ese momento Pedro Riederar le descargo un golpe con su espada en la nuca. Éste, cubierto de sangre cayó sobre sus rodillas y exclamó “Jesús, María, Dios mío ven en mi auxilio”. Llenos de rabia comenzaron a golpearlo, mientras el elevaba su plegaria a Dios exclamando “Padre, perdónalos”. Cuando hubo muerto, sus verdugos volvieron a Sevis gritando: el padre Fidel a muerto. Eran las 11 de la mañana cuando se cumplieron las palabras del padre Angel, su maestro de novicio quien, el día de su ingreso a la orden, le dijo las palabras bíblicas “Se fiel hasta la muerte, y te daré la corona de la vida”.
Por haber sido Fiel hasta la muerte, Dios Padre le concedió la gracia de interceder por sus hermanos terrenales, siendo canonizado el 29 de junio de 1746 por el Papa Benedicto XIV.